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Quedar en
libertad
Si! Había quedado en libertad, ni
ella sabía cómo ni cuándo, pero eso sentía; haber quedado en libertad
Porque ella había vivido su vida presa
en una cárcel sin rejas, sin guardianes, sin horarios. Pero había sido una
cárcel donde debía cumplir con sus obligaciones, burrear todo el día, hacer
economía, cocer cocinar tejer, de ropa vieja hacer nueva, callar y obedecer. Y
de pronto se había acabado y no sabía que hacer de su vida. Iba a cumplir
sesenta y cinco años y estaba sola terriblemente sola como siempre lo había
estado, a pesar de todo. Porque vamos, que le pasaba esta mañana que no lloraba,
que había pasado en ella siempre tan pensante, tan criteriosa obediente, tan
derecha y leal, honesta hasta la medula, hasta más no poder teniendo ganas de
mandar todo al carajo y que la dejaran vivir su vida, cómo nunca la había
vivido.
Pero por haber aprendido tan
bien la lección, por saber cuales eran sus responsabilidades, jamás mandó a
nadie a pasear, ni dio un portazo y se fue como hubiese querido.
No, esta mañana no lloraba al
salir del cementerio como todos los lunes, día en que iba a llevarle flores, a
lustrar las placas de bronce que no servían para una mierda, sino para que la
gente viera que esposa atenta y amorosa había sido. Y como lo había sido, había
dejado la vida en eso, lo mejor de su vida, mientras solo recibía un- “ no esto
no se puede” “esto es muy caro se debe ahorrar, que vacaciones
No podemos ir de vacaciones, los
guardapolvos cocelos vos para que tenés la maquina, amasamos las pastas es más
barato, para que ir a tomar un café afuera lo tomamos aquí en el patio. ¿Salir a
comer?
Cómo se te ocurre a mí no me gusta.
¿Visitar a quién? No allí no voy. Todo y siempre había sido: no.
Pero hoy no lloraba, sonreía,
sí sonreía porque el domingo iría a comer a un Restaurant porque la habían
invitado. Iría a comer afuera, ella, que ni siquiera podía pensarlo. Eso era un
gasto superfluo había que cuidar el dinero. En principio había dicho que no
porque debía consultarlo con sus hijos o sea pedir permiso como siempre lo
había hecho. Esa mañana había hecho un clic, se le había abierto la cabeza como
si le hubieran dado un mazazo, poniéndole flores a su marido.
- Mi más
sentido pésame señora – Dios mío tan joven, lo siento tanto Amalia - tan buen
compañero buena persona, tenés que ser
fuerte Amalia te quedan tus hijos.
- Los
pésame y la lastima – pobre Amalia tan joven quedarse sola. Siempre había estado
sola, pero
nadie lo sabía, qué sabe la gente
como está una.
Ahora sí, estaba sola de
tumba, sola de calor de compañía, de amor de caricias, que siempre habían sido
pocas. Sola de atenciones de agradecer algo de lo tanto que ella hacía. Pero
claro, vos estás en casa todo el día, de que estás cansada. Ella callaba, para
que iba a rebatir, para provocar una discusión y después soportar toda una
semana caracúlica y monosílabos, ya tenía bastante de eso, ahora se había
acabado; Estaba sola para decidir lo que se le viniera en gana. Pero no sabía
hacerlo.
Casada a los dieciséis años,
a los nueve meses justos nació al primer hijo, a los nueve meses y cuatro días
el segundo. Había salido de la cárcel paterna, para encerrarse en la propia
llena de obligaciones, sin haber ido un día al cine con una amiga, de amigos ni
hablar. No la habían dejado crecer ni pensar, ni decidir. Todo lo habían
decidido por ella.
- No! No salgas, yo haré eso
al salir del trabajo, quédate, no salgas no le abras a nadie, que vengan cuando
estoy yo – Vos no entendés de esto yo voy a comprarlo, la salsa me hace mal, qué
le pusiste.
Te lo digo por tu bien,
haseme caso yo soy mayor y tengo experiencia, mirá lo que le pasó a fulana por
ir en contra de sus padres, por no escuchar sus consejos. Y ella callaba y
obedecía.
Ahora que se había quedado
sola, sus cuñados que eran todos varones y eran varios, la visitaban y la
respetaban más que antes, cuando estaba su marido. Ella recibía a todos con la
calidez que la caracterizaba, a amigos y parientes, a las amistades de su
marido, luego serraba su puerta y lloraba cuando nadie la veía en esa enorme
casa donde en cada rincón estaban las manos, la sombra y el olor del único
hombre que había habido en su vida, al que ella había querido sí: y él la amaba
de un amor enfermizo, pero no había bastado para hacerla sentir feliz, mediana
mente feliz. Vivía en constante zozobra, con sus padres de vecinos, que todavía
tenían sobre ella con toda buena intención un poder asfixiante. Eso asfixiante
se ahogaba; de tanto amor. Eran tres los carceleros.
Sus padres se fueron un día
y ella hasta extrañaba el ahogo.
Al poco tiempo se fue su
marido así, luego de una intervención a las vías coronarías, se apagó dejándola
desolada. La sombra de su marido sentado en la punta de la mesa estaba a su
lado, el aliento de su marido estaba pegado a su nuca día y noche, la perseguía
a donde fuera. Estaba en una cárcel sin rejas, nadie la mandaba pero seguía
obedeciendo el mandato, jamás se liberaría por más que tratara de vencer los
miedos, el pánico que sentía de noche, especialmente de noche, hasta el rin del
teléfono la sobresaltaba cuando eso sucedía se odiaba a sí misma por ser tan
débil, tan obediente.
- Porque, vos no entendés de
esto -. Claro ella no entendía nada de nada.
-¡Hola! - dijo – adelante.
¿Cómo estás?
- Bien
cuñada y vos – Tus hijos bien?
- Si si,
todos bien ¿Y los tuyos? – preguntó amablemente.
- Amalia
- Si cuñado -. ¿Tomás un café?
- Bueno –
dijo el cuñado. Tengo que hablar con vos y espero que me escuches porque lo que
voy
a decirte es muy serio, con todo el
respeto y el cariño que sentí por mi hermano y que siento por vos por mis
sobrinos y mis hijos ya sabes, hasta por tus padres a los que respeté siempre.
No paraba de hablar, como
que si callara no tendría el coraje de retomar el hilo de sus pensamientos, de
lo que quería decir. Ella puso la cafetera en la hornalla encendida y se apoyó
en la mesada, esperando. A su cuñado lo apreciaba, además se conocían de toda la
vida, y el hermano lo había querido mucho. Ella lo sabía. Por el ventanal
abierto vio a su marido andar en el patio, ella se pasó la mano por los ojos,
para borrar la imagen.
El cuñado paró de hablar,
ella se dispuso a preparar las tazas para servir el café.
Su marido estaba allí
sentado, sintió el olor a cigarrillo y un leve malestar, un cosquilleo.
El aroma del café invadió la
casa, entonces Amalia puso la cafetera sobre un platillo; y se sentó enfrente
de su interlocutor.
- Amalia
- Esto es difícil hasta para mí, pero tengo que decírtelo.
Ella
se levantó como a buscar algo, no podía estar sentada. Se apoyó en la mesada
nuevamente,
mientras él ponía varias cucharadas de
azúcar en las tazas.
- Habla
de una vez-
- Tu
sabes que con mi mujer he roto hace años, lo de estar juntos era por los hijos
y por sus
padres, ellos ya no están, mis hijos
han formado su familia, igual que los tuyos. Estoy solo como vos, y no quiero
seguir estándolo. Siempre sentí algo por vos, te quiero y te propongo
matrimonio.
Se puso de pié, él tampoco
podía estar sentado, su hermano estaba entre medio de los dos. Quiso tomarle las
manos, ella no lo dejó.
Vio a su marido sentado en la
punta de la mesa dónde siempre se sentaba, oyó su voz, y vio en su rostro una
leve sonrisa; asintiendo mientras encendía un cigarrillo.
- Tengo que consultarlo con mis
hijos: respondió – y se dispuso a servir el café.
Rosa
Marafioti
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