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TE ENGAÑÓ, YO LA VI

 

Morosamente, despegó sus codos del borde de la mesa y se hechó hacia atrás. Cuando su espalda tocó el respaldo de la silla, dejó correr su cuerpo, estiró las piernas y metió las manos en los bolsillos. Prendió un negro sin filtro y aspiró una bocanada. Todo un alarde si se entiende que tenía las manos en los bolsillos.

Carlos Alberto Gutierrez estaba preocupado. Pero nadie en todo el bar se hubiera dado cuenta si no fuera porque fumaba el cigarrillo del lado de la brasa.

-Te engañó, yo la ví -le había dicho su medio hermano, porque no medía mas de 1,50. ¡Cómo quería a ese  bribón tres años mayor que él! Siempre recordaba que cuando chico ese pequño diablillo le ponía escarbadientes debajo de las uñas. Y a pesar del intenso dolor, seguía el consejo que su hermano le daba: “Así, cuando se ensucian, simplemente lo retiras y te ahorras el trabajo de limpiarlas.”

A pesar que ya tenía 27 años, Carlos Alberto Gutierrez no olvidaba esa anécdota. Y solía repetirla a sus ocasionales conocidos con un dejo de ternura. Quería a su hermano que no se diferenciaba en nada de un ser humano normal. Es más, hasta parecía uno.

Hablaba mucho con él, a pesar que era complicado entenderlo: hablaba de atrás para adelante. O sea, esta última frase, la hubiera dicho así: “Etnaleda arap sárta de abalbha”. Solo la palabra “Neuquén” se le entendía clarito.

-Te engañó, yo la ví -y esas palabras le retumbaban, aban, aban; en su cabeza, eza, eza. Hacía cinco años que estaba casado y uno que tenía relaciones con su mujer. Es que Carlos Alberto Gutierrez era muy tímido. Aunque avanzaba a pasos agigantados: ahora era mucho mas tímido que antes.

Con todo, tenía muy buenas relaciones con su mujer: se invitaban mutuamente al cine. Y allí, en la oscuridad, aprovechaban. Y comían maní con chocolate que el médico les había prohibido por la diabetes.

-Te engaño, yo la ví -la memoria, cargosa, insistía con la frase de su hermano. En realidad no era de él, la había leído en un libro de Salgari cuando eran adolescentes, pero en esta ocasión encajaba perfectamente.

El dolor dentro suyo era insportable. No aguantaba mas. Por eso, quitó de su boca el cigarrillo con la brasa hacia dentro y lo apagó en el cenicero. El cenicero también se quejó. El cigarrillo estaba muy caliente. Y había querido violarlo.

¿Por qué su mujer le había hecho eso?

Carlos Alberto Gutierrez no encontraba la respuesta. Siempre las perdía. La última la olvió en el asiento del subte.

En su mente, repetitivo como “Un llamado a la solidaridad”, aparecía nuevamente la imagen de su hermano mientras le transmitía la infortunada noticia: “Te engañó, yo la ví. Se hizo la tonta pero bien que sabía lo que hacía.”

El había buscado ese consuelo y no lo encontraba. Sin él, no podía dormir.

-Te engaño, yo la ví. -repetía su hermano que... ¡Bueno, basta ya! Se revelaba el consciente de Gutierrez. No soportoba más esa opresión. ¡Que su propia mujer le hiciera eso: lo engañara!

Ella, tan dulce, tan tierna, tan solícita; lo trataba ahora de esa manera. Lo engañaba. Le mentía.

Y sufría por eso.

Pues había sido ella quien le había escondido su osito de peluche -sin el cual, el no podía dormir- y decía que no sabía donde estaba.

 

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