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Cayetano y el chico del canasto
Cayetano era un chico regordete de
ojos saltones, no tenía muchas luces, como se suele decir,
Era lento. A pesar de su corta edad, dejaba de ser
un niño para entrar en la adolescencia.
Pero ya se notaba su carácter
díscolo, solo le gustaba jugar con sus amigos al trompo,
Trepar árboles cazar pájaros y llevarlos a su
casa. Donde volvía con la ropa echa jirones.
Su madre al volver del campo por
las noches renegaba con él, al encontrarlo en estado
Desastroso, no tenía tiempo para remiendos lo
corría con la escoba, nunca lo alcanzaba, o quizás
No quería. Tenía una hermana mayor empleada en
casa de señores, como servicio domestico.
Cayetano quedaba a cargo de una
buena vecina, pero era indomable, Entonces su vida
Transcurría en las calles y los campos.
A su padre no lo conocía, había
emigrado a alguna América el no sabía dónde; tampoco le
Importaba. Un día su madre no fue al campo, se
sentía mal. Cayetano como todos los días tomó la calle
Por su cuenta, a medía tarde volvió a su casa.
Abrió la puerta violentamente como siempre lo hacía.
Encontró a su madre tratando de
esconder un bebé en un canasto de mimbre. Siguió con lo
Suyo como si no lo hubiera visto. La madre
acomodó al bebé, le puso ropa encima, mientras Cayetano iba y venía. Por unos
segundos sus miradas se cruzaron, ella bajó los ojos, él pasó raudo hacía el
fondo con sus pájaros.
Ella puso el canasto debajo la
cama, acomodó la colcha de gruesas borlas, y dio por terminada
Su tarea. Cayetano vuelve a pasar como un
relámpago y salió a la calle.
Uno de sus tíos venía caminando, él
corre a su encuentro.
-
Tío – tío, mi mamá tiene un bebé,
lo escondió debajo de la cama, y salió corriendo como
Caballo
desbocado . Su tío quedó consternado -¿un bebé?-
Su hermano no estaba, prostituta – dijo -, y a pasos rápidos
se dirigió a casa de su cuñada.
Otra ves la puerta se abre sorpresivamente - ¿donde lo tienes?
-Pregunta.
-¿ De que hablas?
-
Sabes que hablo – sácalo! Ordenó.
Ella obedeció. Levanto el canasto, el niño gemía sin fuerzas.
Ella se tapó la cara, y llorando pedía perdón.
–
Qu te perdone tu marido, yo no te
perdonaré jamás el deshonor que has echado sobre nuestro apellido, vas a criar
a este niño, así todos sabrán la calaña que eres. Ella con miedo lo levantó.
–
Dale el pecho – desgraciada, dijo su
cuñado.
La mujer seguía llorando sentada en la cama, se desbrochó la blusa y puso al
bebé a su pecho.
Al principio se negaba, luego se prendió con fuerza.
Cuando el niño estuvo prendido, su cuñado mirándola con desprecio, escupió el
piso, y salió dando un portazo. A los pocos días, la madre, volvió al campo a
trabajar. A la mujer pocas personas le dirigían la palabra, entre ellas, la
buena vecina que intentaba cuidar a Cayetano.
Veía a su madre por las noches, ya no lo corría con la escoba, era una sombra.
A nadie le llamaba la atención ver mujeres por esos caminos de Dios con enormes
canastos sobre la cabeza, yendo de un pueblo a otro, de esa manera vendían los
productos que producían.
La buena mujer iba dos veces por semana a otro pueblo, llevaba tunas y
nísperos, nadie se extrañó
Al verla de
mañana temprano, con su enorme canasto, a pasos rápidos, como un soldado a
quien le están marcando el paso. A nadie le extrañó.
–
Donde va comadre,
–
a llevar las tunas, aprovecho el fresco- respondía.
Cerca entre montañas, había un convento.
Pasaron
algunos años, Cayetano era alto robusto, y violento. Su madre siempre en
silencio, llorosa y sola.
Una noche - Cayetano -, sí madre.
-Nos vamos a América.
- Ah! ¿Sí?
- Papá quiere que vayamos.
- ¿Papá? - ¡Se acordó!
- Si hijo se acordó-. El dejo de comer, la miró a los ojos, ella bajó la
vista, él se levantó y
salió a la
calle dejándola sola.
Su marido después de muchos años de silencio, le pedía que
fuera a América.
Su hermana, no quiso ir con ellos - Prefiero ser sirvienta -,
a ir con mi madre, una deshonesta-.Dijo
Antes de partir, Cayetano tiene una conversación con la vecina
que lo había cuidado, a quien él respetaba, y quería.
Cosa que su madre ignoró, le había arrancado a la anciana la promesa de
averiguar y hacerle saber,
Del paradero
de aquel niño, del resto él se encargaría.
El matrimonio tuvo en América seis hijos más, era para lo único
que la usaba su marido,
Una vaca que
paría, y amamantaba. Cayetano, recibía de ves en cuando, una carta de la
vecina.
Su madre, lo
interrogaba con la mirada, porque jamás se mencionó aquel niño, aquel hecho.
Ella, No sabía leer, Cayetano leía lo que quería, ella tenía miedo y vergüenza
de preguntar, vergüenza por sus hijos, y miedo por su marido.
Cayetano se había casado, tenía dos hijos, en el fondo era buena persona, pero
el secreto que tenía
En su alma lo
corroía, Bebía, bebía. Su madre era ya muy anciana, intentaba hablar con él,
nunca le dio
La
oportunidad, peleaba con su mujer, que nada tenía que ver con el dolor de su
alma.
Hasta que su madre murió, llevándose su dolor y su secreto. Mientras él, no
podía olvidar la imagen de su madre, escondiendo un niño en un canasto.
La
vecina lo informaba, pero no le dijo que ella lo había llevado a un convento.
Le decía que el niño
Había sido
adoptado en otra provincia, y que en la próxima carta , le daría el nombre del
pueblo y de la familia que lo había adoptado.
Esa
carta nunca llegó, seguro la vecina habría muerto.
Pasaron años, y Cayetano cuanto más recordaba, más bebía. En estado de
embriaguez, se prometía viajar a su pueblo, alguien debía saber algo, de aquel
medio hermano, que le había amargado la vida.
Cada
tanto los hermanos se reunían, nadie sabía nada del pasado de su madre, jamás
sus hijos habrían imaginado algo semejante en el pasado de la santa madre.
Cayetano, nunca se sinceró con alguno de ellos, guardó el secreto que lo minaba,
y bebía para olvidar la escena en que su madre escondía un niño. Fue un caluroso
domingo porteño por la tarde, como si alguien lo hubiera preparado para algún
evento, apantallándose, ahogados de calor, en la enorme sala, está reunida
toda la familia. Tocan el timbre.
Cayetano ya achispado. se dirige a la puerta - ¡Quien viene a molestar !
Jamás
pensó que aquel niño del cual nunca supo más nada, si sabía todo de él y su
familia. La buena vecina, había sabido siempre de aquel niño, y que familia lo
había adoptado, que se había casado, y que cada carta que la anciana recibía de
Cayetano, la mujer se encargaba de hacérsela llegar, con el propósito de que un
día se conocieran, era lo que Cayetano le decía a la vecina, y lo que el joven
quería, era conocer a su familia de América.
Abrió
la puerta violentamente, como aquel lejano día que no había podido olvidar.
Un
señor sombrero en mano, está parado en la puerta
-
Que desea – pregunta Cayetano - de
mala manera.
-
Busco al señor Cayetano Sulli -, sé
que vive aquí.
Lo recorrió con la mirada: - Soy yo.
-
Y usted - ¿quien es?
.
- Io sono tuo fratello -, dijo el visitante, sonriendo.
Fue como si sus músculos se hubieran aflojado,
el vino se le hizo agua en el estomago,
Abrieron los
brazos al mismo tiempo, un abrazo interminable de dos hombres, que habían
querido
conocerse
toda la vida. La mujer de Cayetano temía asomarse, algún altercado, seguro,
había encontrado.
Pero esta vez, se equivocaba.
-
Adelante -,dijo Cayetano sonriente
como nunca . Ase mucho te estoy esperando.
Todos expectantes, ven entrar dos hombres con
cara llorosa, pero felices, pasándose el brazo por los
Hombros, como dos viejos amigos. Los ojos de los
presentes están fijos en el desconocido. Cayetano señalándolo, dice.
-
Él -, es el chico del canasto.
Las miradas se cruzaron, estaba borracho,
Cayetano.
Rosa Marafioti
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