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El golpe perfecto: Seudónimo:  Paloma 

      Habían planeado el golpe durante mucho tiempo, no habían dejado al azar ni un detalle.

      Era un viejo pueblo. Sus habitantes  en general gente mayor, los jóvenes  emigraban a otras ciudades, allí no había posibilidades de trabajar y progresar, pero algunos quedaban. Eran los que se hacían cargo de sus padres ya viejos.  Los tres amigos de mí historia  estaban en la misma situación.   Sabían todo lo que acontecía en él  pueblo, lo que cada anciano tenía en su casa, la cantidad de dinero que sus hijos les mandaban  por correo.

    La  vagancia es el patrón de los vicios, un dicho popular nunca mejor aplicado que en este  caso. Los tres  pasaban el día vagando por allí, ladronzuelos mal vivientes, se escudaban detrás del buen nombre de sus padres, buena gente.

     Lo primero que hicieron fue alquilar una  casa vieja, en la que desde hacía mucho tiempo no se veía a nadie. Sé accedía por una angosta y oscura escalera.  Había sido construida por extranjeros llegados al lugar dos siglos atrás. Tan vieja era, que dentro de la casa había un horno a leña donde sus moradores cocinaban él pan y todo lo que estaba en sus costumbres, pero en el pueblo se había terminado con el hábito de prender un horno a leña dentro de la casa. Debía de  hacer más de un siglo que ese horno no se prendía. Medio derrumbado, los insectos tenían allí sus cuevas y deambulaban felices sin que nadie los molestase.  Estaba lleno de cosas viejas, cubierto de telarañas que tejían el tramado eterno del abandono, y del tiempo.  Allí nadie los molestaría – pensaban los amigos - podían planear lo que quisieran, nadie vivía allí.

        Una noche, subían por la estrecha y oscura escalera, llevando comidas y  licores.  Cuando de una pequeña puerta  de improviso, sale  una joven mujer. Se sorprendió al verlos pero bajó rápidamente,  debieron pegarse a la pared para dejarla pasar. Ellos la saludaron, ella no contestó. No sabían  que allí hubiera nadie. Todas las noches se reunían a planear como y cuándo seria él golpe. Tomaban demasiado y  no se ponían de acuerdo en los detalles; eso los alteraba y si no  intervenía  uno de ellos más tranquilo se habrían golpeado.

       Varías veces se  cruzaron con la mujer en la escalera,  los miraba con una cierta insistencia pero no contestaba cuando la saludaban.

      -¿Acaso es muda? – había dicho uno de ellos. La respuesta a la ocurrencia fueron fuertes risotadas. Ella volvía a entrar al edificio  silenciosamente, como una lagartija, sin emitir sonido alguno. Ya dentro de su casa la mujer se distraía espiándolos, porque ella “ que no tenía nada que hacer, ni que decir,” era un poco  perversa y los muchachos le gustaban, aunque ni respondía al saludo. Ella conocía al dedillo toda la casa, había crecido allí.  No  sabía por qué ni quién lo había hecho, pero detrás de un viejo mueble había una disimulada y pequeña  abertura, desde dónde se veía perfectamente  la casa de al lado.  Ahora que estaba alquilada, y  por las noches  llegaban  jóvenes, ella tenía con qué distraerse, espiar e imaginar, soñando cosas que no serían para ella.

        De qué  y de quién no hablaban aquellos vagos, de sus amores y sus rapiñas, y de tal o cual muchacha con la que se había encontrado uno de ellos, y les contaba a los amigotes con lujo  de detalles lo que le había hecho.

    Verdaderos canallas, hijos de gente respetable, que ni siquiera imaginaban lo “buenos” que eran sus hijos.

    Ella sabía todo lo que iba a suceder, cómo, dónde y cuándo, y a quienes les robarían el dinero que tendrían en sus casas. Qué muchacha andaba en amores, y otras cositas que nadie imaginaría. En unos días, habría una fiesta litúrgica con procesión y fuegos artificiales, y las viejas eran tan santurronas, que  no faltarían a la procesión, ese sería el momento. Se ocuparían uno en cada casa, y se reunirían allí por la noche a repartir el botín.

        La mujer desde que se había  enterado  de todo no se hizo ver más en la escalera, era como  si ella no fuera a la casa. En realidad no vivía siempre allí, iba de ves en  cuándo, aunque ellos no la habían notado. Todo estaba planeado  perfectamente, debía hacerlo con rapidez, porque ellos no podían faltar a la procesión; todos, todos debían verlos.

         Les llamó  la atención  no  encontrarse con  la mujer  en la escalera.  Hasta golpearon la puerta  en varías ocasiones. Nadie  respondía.

     - ¿Acaso será sorda?

 -¡Sí! – dijo uno, sorda. Se habrá asustado de nosotros y se habrá mudado dijeron  esto riendo, pero se quedaron más tranquilos.  No había nadie allí, nunca  había habido nadie en esa casa.  y si por esas casualidades estuviese, era mejor que no abriera la boca porque entonces sabría quienes eran ellos. Cosa que ella ya sabía mejor que nadie.

  Anochecía, terminada la procesión por las calles del pueblo, los fuegos artificiales hicieron las delicias de los pobladores que tenían tan pocas ocasiones de divertirse, y salir de la modorra pueblerina ¿ Quién iba a perderse los jugos artificiales? Nadie. Era un rito sagrado  ¿Debían esperar otro año para verlos? no: No podían perdérselos.

Todo salió maravillosamente bien, los tres malandrines estuvieron en la procesión hablando en forma amigable con medio mundo, en forma particular con las gentes de las casas que habían robado, habían sido tan considerados con los pobres viejos, hasta les habían llevado la silla por un trecho. Sonreían  tranquilos camino a sus casas agradeciendo  a los muchachos. Eran tan buenos, atentos con ellos, que si algo necesitaban  podían  recurrir a  los jóvenes, siempre se ofrecían para lo que fuera.  La mujer cómodamente instalada en su casa del otro lado, ya tenía todo previsto.

      Tenía parientes en otro pueblo dónde vivía, allí iba a buscar cosas, ahora había venido para la fiesta, después se iría, porque ella bueno: No podía vivir sola.

    Bastó  el silbido convenido, para saber que debían encontrarse y donde.

    La mujer  no se vio en  la procesión, se había ido antes con sus parientes. La fiesta había terminado, él pueblo volvía a su eterno silencio y aburrimiento. Ellos estaban allí, con varios fajos de billetes y varias botellas de licor entonándose, bravuconeando por la canallada que habían hecho.

-Las viejas van a armar revuelo, cuando se enteren que les falta él dinero -, dijo uno.

- Y nosotros  vamos a buscar al culpable - contestó el dúo. Había una suma considerable, pero ellos esperaban una cantidad más importante, por lo que empezaron las discusiones. Él licor los iba caldeando, uno de ellos se levantó, e insultó con furia al otro; cosa que el ofendido no estaba dispuesto a tolerar, además, no estaba conforme con la cantidad que le tocaba.

- Si no te callas no tendrás nada- le dijo el que lo había insultado con los ojos vidriosos por  la bebida. Él  ofendido sacó un estilete del bolsillo, él tercero se interpuso.

 - No sean zánganos  ¿Quieren que todo el pueblo se entere y vayamos  presos?

     El argumento  fue convincente, insultándose entre si,  tomaron   más licor y acordaron dejar el dinero allí escondido, después se dieron la mano pactando una paz que estaba  lejos de sentir cada uno de ellos.

En la noche  siguiente  aclararían esto, ahora debían volver cada  uno a su casa, todo debía estar normal,  sus padres debían estar tranquilos y no sospechar lo que hacían sus retoños.

Ella sonreía y de su garganta salían ruidos guturales. Con los ojos bien abiertos vio dónde habían escondido el dinero  y pactado el próximo encuentro, juntando las seis manos.  Intuyó con el oído  pegado en la puerta cuándo cerraron  con llave, y se alejaron de allí, bajando la escalera en tropel.

A los dos días la policía realizaba detenciones, era tal el revuelo que se había armado que no era el pueblo de siempre, hasta habían venido policías de poblaciones vecinas. Golpearon todas las casas, hablaron con todos y cada uno de sus habitantes - que no eran muchos - recabando información.

- ¿ Tenían Alguna sospecha?  Pero, cómo podían tener sospechas con  la  cantidad de gente  de poblaciones vecinas  que había   venido para la fiesta ¡Imposible!

    -¿ Sospechan  de algún  muchacho  del pueblo?

    - ¡Por favor! Si  estuvieron en la procesión toda la tarde con nosotros! Son hijos  de gente respetable que nos conocemos de toda la vida, no no, tiene que haber sido gente extranjera, que, aprovechando la fiesta y el ruido, han entrado en nuestras casas a robar, y nos han  llevado lo poco que nos mandan nuestros hijos con su trabajo honesto.  No tienen misericordia de nadie estos  mal vivientes.  Se lamentaban  las pobres ancianas, y alguno de sus maridos. ¡Qué vergüenza  que pase esto aquí, que todos nos conocemos y nos respetamos!

      No allanaron aquella casa abandonada, donde a veces se veía una mujer. No – decían los vecinos – allí no hay nadie.   -¡ Ah ! – dijo alguien, ella se fue a vivir a otro pueblo, porque no puede vivir sola, viene cada tanto.

       Sus padres habían sido los dueños de aquel  lugar, ella había crecido allí. Luego,  habían vendido la casa  pero  dejaron un pequeño departamento para la hija disminuida. Los respetables muchachos no encontraron el dinero donde lo habían  escondido. Cada uno juró “Vendetta”y pobre  del que fuera descubierto como traidor.  Esa aclaración la dejarían para más adelante, cuándo las aguas se hubieran calmado, y las viejas dejaran de lloriquear. No quedaría así. No confiaban uno en él otro; y  cada uno por separado comenzó su labor  de detective, cada uno estaba convencido: uno de ellos se la había robado;  Y escarbando, y preguntando “sotto voce”se enteraron  de que, aquella infeliz que desde mucho no veían y  seguro - no tenía nada  que ver -, era sordo muda. Uno de ellos había sido, ¿Acaso quedaba alguna duda? No quedaría así.

     - ¡Conque  ella era sordo muda! Haberlo sabido que no podía hablar, qué bien la habríamos  pasado, y seguro le habría gustado. ¡Total! Sí ella  no hubiera podido contarlo, por eso nos miraba con esos ojos de luna llena! Nadie sabía que ella, tenía todas las viejas llaves,  que no era tan sorda, y que había visto en que rincón del horno habían escondido el dinero.

 

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