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La Pituca
Fue en un típico barrio porteño, de tangueros malandras y
cafetines oscuros, dónde los parroquianos timbeaban todo el día, y tomaban caña
a toda hora. Un típico barrio de calles arboladas y veredas anchas, dónde por
las mañanas las doñas en batón y ruleros puestos salían a barrer la vereda, y
contarle a la vecina que la fulana del fondo había venido de la milonga, o andá
a saber de donde con un tipo de traje a rayas. Maravillosa diversión, el chisme.
Barrio de conventillos, La Paternal de casas tipo chorizo con muchas
habitaciones a lo largo y galerías cubiertas de parras y jazmines. En la calle
Campillo supo haber varios y en uno de ellos…
El patio era enorme, había varios macetones rajados con
algunas plantas mustias.
Una begonia, lazo de amor, y una enredadera que desde hacía
años no enredaba nada, solo estaba allí expectante viendo pasar la vida de
quienes allí, vivían. La única que parecía estar feliz en el conventillo era una
azalea que no se cansaba de dar flores, a lado de una planta de unos zapallos en
forma de pera, que tenían espinas.
Un típico conventillo dónde convivían varias familias,
una colorida miscelánea de razas y costumbres. Los altos muros que circundaban
el patio donde había varias puertas que daban al cuchitril que hacía de cocina a
cada familia, estaban descascaradas de viejas, sin revoque. El piso era de
ladrillos bien apisonados y en el centro brillaba como si estuviese encerado,
de tan gastado, y además porque en el conventillo muy seguido se armaba la
milonga, dónde toda esa gente trataba sin lograrlo, de olvidar de dónde venía,
y a los que habían dejado en sus terruños.
La niña era menuda y pálida como una magnolia, estaba
sentada en el medio del patio en una silla tan alta, que sus pies no llegaban al
piso. Estaba ricamente vestida de blanco, Guillerminas de charol blancas, medias
tres cuartos, guantes y una capelina de rafia blanca con un moño rosa pálido
que colgaba hacia un costado. La niña se sentía cohibida, porque todos la
miraban como a un bicho raro, cada vez que su padre la llevaba al conventillo
para ver a sus padres biológicos, y a sus hermanas, su padre la sentaba allí
para que todos la vieran -. Ha llegado la pituca -, así la llamaba.
En realidad sus padres y hermanas nunca la recibieron
con mucho afecto, como de extrañarla, sólo era un beso frío, en la fría mejilla
de la niña.
Eva se llamaba, Evita le decían. Sus hermanas que
primero fueron dos, después cuatro, todas menores que ella, puestas en fila
miraban los bellos zapatos y la capelina. Evita era la mayor, tendría unos diez
años. La niña en realidad no sabía porque la llevaban al conventillo, lo único
que quería era salir de allí, ese, no era su entorno. Ella estaba habituada a
otra cosa, como un cuarto lleno de muñecas y un armario con sus hermosos
vestidos prolijamente colgados.
Ella no vestía esos harapos descoloridos que pasaban de
una a otra de sus hermanas que se veían colgados más allá, cerca de los zapallos
en forma de pera. No, ella venía de visitas de ves en cuando, porque su padre
adoptivo todo un señor caballero con galera y bastón, que venía allende los
mares, consideraba que Evita debía ver a sus verdaderos padres y hermanas.
Un hombrón grandote como un ropero en musculosa y
alpargatas, pantalón con tiradores, el cabello lacio y amarillento, con una raya
que se formaba sola, porque el alemán no tenía mucho pelo como el siciliano de
la pieza del fondo.
La niña lo único que había heredado de su padre era el
cabello lacio y fino, y los ojos tan celestes cómo un cielo claro de primavera.
El gesto más cariñoso de su padre al llegar, era servirle un vaso chorreante de
leche hervida, blanca. Cosa que el solo aroma a Eva, le daba nauseas, se negaba
a tomarlo, pero el padre insistía, no entendía que Eva detestaba esa leche.
Porque su madre, es decir su tía, que la trataba con mucho cariño la leche, se
la servía con Vascolet y vainillas.
-
Vamos nena -, toma esa leche, decía el alemán
con su particular manera de hablar –
se ve que sos consentida. Ella levantaba la mirada como
pidiendo ayuda a los que la estaban observando. Algunos inquilinos comprendían
la situación de la niña, y les molestaba la actitud del alemán, y dando la
vuelta se iban a su cocina con cortinas de cadenitas de metal. El alemán
insistía, y en una oportunidad, Eva intentó tomar un sorbo, una arcada la obligó
a bajar del asiento, volcándose la leche, y manchar su inmaculado vestido. El
siciliano se animó a decir -, ma dequela – no ve que no le guste esa leche! Y
sin darle tiempo al alemán de responder enfiló para su pieza del fondo diciendo
despacio
- porca miseria -.
- Su padre, es decir su tío, no intervenía. Su madre le
había servido cerveza, en una
jarra, el sentado en una vieja silla de paja, a lado de la
enredadera, que no enredaba nada, la tomaba observando. Algunas veces el alemán
se sentaba a horcajadas junto al abogado, eso era cuando tenía unas copas de
más, cosa muy frecuente, y conversaban en vos baja. Eva, había visto como su
padre el abogado, le daba a su padre el alemán, algo que sacaba de su bolsillo
con un pañuelo, como que lo tuviese preparado. No sabía que era, pero intuía que
era dinero. Porque el bolsillo del alemán lo engullía como el sapo engulle a
una mosca, y con una sonrisa tomaba los tiradores del pantalón los estiraba y
los soltaba, sonriendo satisfecho. El abogado también sonreía.
Delia lloraba abrazando a la niña menuda por la que
sentía un gran apego. Había perdido su tercer embarazo, se la pasaba llorando y
estaba en un estado depresivo que no terminaría en nada bueno si no se revertía.
Mantenía a la niña contra su pecho tratando de contener las lágrimas, no lo
lograba. Su hermana Coca, Carmen, miraba a Delia con la niña, y su rostro se
contrajo. El marido de Delia el abogado, que la amaba con locura había captado
el mensaje mudo de Coca, que miraba a Delia con la niña en brazos, quién la
aferraba como si la niña fuera su tabla de salvación. Coca, a pesar de lo bruta
que era también había comprendido muchas cosas, por eso le mandaba un mensaje a
su hermana.
Coca, estaba en avanzado estado de gravidez, tenía una
panza enorme, el batón le quedaba tan corto y estaba tan raído que apenas le
cubría las rodillas. Estaba muy desgreñada, y le faltaba un diente.
- No llores Delia -, llévate a Evita,
le había dicho al oído -, besándola.
- Delia apartó un poco de sí a la
niña, y la interrogó con la mirada. Coca, muda asintió,
el abogado también asintió.
Las dos hermanas no habían tenido una buena vida,
llegadas a la ciudad desde Santiago del Estero, habían trabajado en servicio
domestico.
Eran muy diferentes una de la otra, pero ambas
querían mejorar su vida. Dejando el servicio domestico, se habían empleado en
una fábrica textil.
Delia había tenido suerte, tuvo la fortuna de casarse
con un brillante abogado recién diplomado, al que conoció en la fábrica.
Coca, estaba intentando ser cantante en algún club
nocturno, dónde conoció al alemán, quién al poco tiempo se la llevó al
conventillo, porque estaba embarazada. La muchacha quería mejorar su vida, creyó
en todas las promesas del rubio, de ojos celeste.
Allí en el conventillo nació Eva, a los diez meses
Alicia, pero las cosas no andaban bien con el extranjero. Era un hombre violento
y bebía, creía ser un general que comandaba la tropa, así las tenía a Coca y a
las niñas. Andaba ya por el tercero, mientras Delia los había perdido a los
tres….
Al abogado le había ido muy bien, Delia tenía un buen
pasar, una hermosa casa mientras que Coca, bueno, había comprendido que el
alemán era un violento, y que todas las promesas solo quedaron en eso, promesas,
y sus sueños se habían hecho trizas.
Cuando bebía hablaba en su idioma, y no había Cristo que
lo entendiera. Coca estaba segura que las puteaba y las insultaba, no era nada
cariñoso con sus hijas, con ella, solo y todo era sexo.
Por eso al andar por el tercero le había dicho a su
hermana -, llévate a Evita Delia.
Fue un acuerdo tácito, a Coca se le habían encendido
las luces comprendiendo muchas cosas.
Por las miradas de ambas, y el clima entre las dos el
abogado había aceptado. El también amaba a la niña, Evita al verlo se colgaba de
su cuello y el abogado se inundaba de ternura.
A los pocos días Coca debía dar a luz en la maternidad
Sardá, fue el momento exacto y oportuno, preparó un bolsito con la poca ropa de
la niña, y mandó al alemán a casa de Delia con la niña, pidiéndole que volviera
de inmediato, porque ella sentía que el alumbramiento sería inminente. La más
pequeña Alicia, se quedaría con alguien en el conventillo.
El alemán obedeció sin chistar, le pareció una buena
idea tener a una niña menos, la pieza estaba resultando demasiado chica.
La alegría de Delia al tener a Evita fue un bálsamo para
su depresión, jugaba con ella todo el tiempo, le cocinaba con esmero, le
preparaba postres y por las tardes salían los tres a comprar ropa bonita y
muñecas, la que tenía era tan fea.
No solo a Delia se la veía feliz, el abogado estaba
contento de ver a su esposa tranquila y sonriente, sin llantos, todo el tiempo
entretenida. Era una madre amorosa, y la pequeña estaba radiante, florecía y su
carita iba tomando colores, por lo bien alimentada, por lo feliz y bien tratada.
Era como si hubiese nacido allí.
Bastaron pocos días para que Delia y el abogado
conviertan a Evita en una diminuta princesa. Y la princesa vivía feliz, crecía
iba la escuela, era muy aplicada, sus padres estaban encantados con ella. Le
dieron todo el amor y el apoyo que se le da a un hijo amado.
El abogado de solo pensar que un día sus padres
pudieran reclamarla, y perder la paz que habían logrado con la presencia de
Evita, no no, eso no debía ocurrir.
El alemán jamás la reclamó y Coca al verla, la miraba
arrobada. Tampoco la reclamó, sabía que Eva tendría una mejor vida de la que
ella podía brindarle. El abogado era muy generoso, llevaba a la niña con
frecuencia para que la vieran y estuvieran con ella, y no tuvieran la excusa de
reclamarla.
Coca, había tenido otra niña, María, y al año próximo;
Beatriz.
Seguían en el conventillo, el alemán seguía siendo un
general que comandaba la tropa, sin ningún tipo de consideraciones con la madre
ni con las hijas.
Las hijas llevaban el apellido de la madre, que no
tenía nada europeo, más bien era el nombre de un caudillo montaraz y díscolo,
que supo comandar a otras tropas.
A Evita la seguían llevando al conventillo, ya más
grande llevaba la ilusión de entablar algún vinculo con sus hermanas, pero había
un muro entre ellas, un muro que ella no podía derribar. Había nacido otra niña,
Amalia. Eva cursaba la secundaria, bien vestida y calzada, era lo único que le
miraban las hermanas. A Alicia la habían empleado en una casa de familia con
cama adentro, en la última visita no la había visto. Sí pudo alzar a la pequeña
Amalia.
Tal vez la envidia y el rencor, el no comprender porque
Eva vivía cómo una reina con los tíos, ellas debían vivir en el conventillo
durmiendo hacinadas, con una vida muy diferente a la de Eva. Eva sufría por
eso, sufría al ver a su madre tan envejecida y deteriorada, al lado de un hombre
que bebía, a sus hermanas tan bonitas como ella tan mal trazadas.
Muchas veces al volver del conventillo, se encerraba en
su cuarto, imaginando su vida a lado de ellos, una vida que ella había
abandonado de muy chica, porque el destino así lo había dispuesto. No se veía
allí, en ese entorno que no le gustaba nada.
Mamá Delia entraba a su cuarto a consolarla, mamá Delia
comprendía la angustia de Eva, y le recalcaba que ella debía estudiar, para que
justamente no pasara algún día, lo que su madre y sus hermanas. Ella lo
comprendía, pero el destino, esa cosa con la que no se puede lidiar porque esta
escrito, lo estaba.
Eva, no había terminado sus estudios secundarios cuando
conoció al hombre de su vida, el amor de su vida. Eso creyó, y en ese amor
centró todos sus sueños de niña bonita.
Elegante, joven, buen mozo, delicado y musculoso
deportista, con una sonrisa subyugante, la encandiló. La enamoró hablándole de
lo que a ella le faltaba. Una familia maravillosa, de su madre, de sus hermanos,
de la Europa donde irían en viaje de bodas.
Accedió de inmediato cuando el joven le propuso conocer a
su familia. Sus tíos al principio se opusieron, pero no querían perderla mal.
La apoyaron en todo viéndola feliz, ellos le habían
brindado todo lo nunca habría tenido con sus verdaderos padres. Ella les había
dado paz y sosiego, Delia había superado la depresión y la había criado como
si fuera propia.
Cuando conoció a la familia de su enamorado, pudo
comprobar que era gente muy culta, su futura suegra y sus cuñados asistían al
Teatro Colón a deleitarse con música de óperas. En cuanto les dieron la noticia
que habían decidido casarse, la suegra estaba encantada con la muñequita rubia
que su hijo iba a desposar.
Y así se casaron. También se casó con la familia
maravillosa. Ya estaba acordado, al volver del viaje de bodas que no fue a
Europa, ese viaje maravilloso se postergaría para otro momento, se quedaron a
vivir en la casa del esposo deportista, buen mozo.
Eva, debió hacerse cargo de muchas cosas, las asumió
con valentía mientras crecía. Estaba tan enamorada, deslumbrada, hasta se diría
agradecida por ser parte de una familia maravillosa. El tiempo, el destino, esa
cosa con la que no se puede lidiar, porque está escrito.
Eva formó en esa casa su propia familia, pero con el
pasar del tiempo fue viendo, comprendiendo que todo puede parecer maravilloso y
no serlo.
Creció a sus hijos, y al otro hijo. Tuvo una vida muy
movi mentada, pero no fue feliz.
A partir de su matrimonio, vio menos a su familia, ellos
nunca la buscaron, ella no podía llevar al conventillo a la familia culta,
europea.
Era parte de esa familia, a la que debía atender y
demostrar lo que valía.
No tenía privacidad, no tenía voz ni voto, su marido
mostraba una salud enfermiza, soto metido, problemático, díscolo, hipocondríaco
obsesionado sobre ciertos temas, con una madre dominante que a Eva, la sacaba de
quicio. Era buen mozo sí, pero delicado y de carácter débil. La madre decidía,
los hermanos mayores lo trataban como a un niño al que hay que darle los gustos.
Ella era parte de una familia maravillosa, debía estar agradecida. El amor de
su vida no había resultado tal cosa.
Y sí, amó a sus hijos y nietos, pero la felicidad
siempre le pasó de soslayo. Estaba escrito, no pudo ser la hija con un apellido
europeo, pero sí, la esposa.
Rosa
Marafioti |