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Cerezas para la princesa
Pueden
retirarse, dice la princesa a sus doncellas.
Hay varias allí para satisfacer sus más mínimos
caprichos. La princesa está cansada ha vuelto de su caminata matutina por el
bosque, acompañada a distancia por sus doncellas.
Salamandras y lagartijas, conejillos y liebres corren
delante de ellas para alegrarlas,
Distraerlas. Ella la joven princesa va juntando aquí y allá
violetas de los Alpes de color fucsia furioso, otras de un rosa pálido como su
rostro de porcelana. Cuando las que ha cortado no entran ya en sus pequeñas
manos se las da a su doncella más próxima, y así prosigue por el bosque sus
caminatas matutinas con pasitos de baile etérea, frágil.
-
Nina,
Nina – ella oye que la llaman. Pero no se digna a saber quien.
-
¡Oh!
mire su alteza, aquí hay tréboles de cuatro hojas – otra doncella le habla a
la pequeña princesa de largos cabellos que danzan por la tenue
brisa.
-
Dejalos responde -, otro día vendremos por ellos
-
Nina
Nina
-
¡Ufa! ¿No ves que no
puedo?- dice asomándose entre el ramaje
-
¡Cómo
que no puedes? - Toma Nina, dice la abuela mientras espera que Nina baje
del árbol. Toma, dándole un canasto con cerezas que acaba de
cosechar.
-
¡Tengo
que volver a palacio abuela!
-
¿De
que palacio estás hablando ¿Te volviste loca?
-
Ufa
abuela, ¡No entiendes nada! - tomando la canastilla que su abuela le da
-
Nina lo cuelga de su brazo y
trepa ágilmente el frondoso almendro. Se sienta a horcajadas y vuelve a ser la
princesa a quién habían interrumpido su sueño.
Está en su palacio, en sus aposentos. Cuelga de sus orejas manojos de rojas
cerezas, las inserta en sus largas y renegridas trenzas. Luego las levanta y las
sujeta con una horquilla que tiene en su bolsillo ¡ya está su diadema de reina!
Tiene puesta su corona. Se mira en el espejo imaginario ¡Es tan bella!
- Pueden retirarse
- dice a sus doncellas, quienes reverentes se retiran dejándola
descansar. Ella se recuesta en su cama de seda, sobre cojines de
terciopelo, allí se duerme.
Un joven príncipe irrumpe en su habitación, viene a
rescatarla porque la han raptado, ella llora silenciosamente, enjugando sus
lágrimas en un diminuto pañuelo de seda con sus iniciales bordadas en oro.
El gallardo se bate a espada con varios bucaneros
venciéndolos a todos, están pidiendo clemencia de rodillas. Clamando piedad por
sus vidas.
El caballero tan bello y bondadoso, los perdona, ellos
siguen de rodillas agradecidos. Mientras los mira desde su pedestal se acerca a
ella.
Entonces la toma en sus brazos y de un salto monta un
corcel blanco que galopa como si tuviera alas, galopan, galopan hasta llegar a
un palacio maravilloso, tiene muchas torres. El corcel se detiene en u n edén
paradisiaco y toda la servidumbre les hacen reverencias. Ella sonríe encantada,
complacida.
Caminan tomados de la mano por interminables pasillos,
hay tapices, alfombras estatuas, y búcaros repletos de narcisos y rosas. Hasta
que el joven príncipe la deposita suavemente sobre una espléndida y mullida
cama.
-
Descansa le dice el príncipe besando su mano y se retira. Ella se incorpora,
está
en una habitación bellísima.
La cama está cubierta con raso Rosado, Todo allí es
rozado, hasta los cortinados son rosados. Los espejos tienen marcos dorados, y
sobre pequeños muebles hay vasijas con flores, muchas flores.
El bello príncipe aparece nuevamente acercándose a la
cama toma su mano y besándola le dice
–
Me han hablado tanto de
usted, de sus ojos, sus cabellos y me basto conocerla para enamorarme de usted.
Y se arrodilla servil.
-
Concédame el honor de ser mi esposa, estoy loco por usted.
La reina pestañea sus ojazos, sonríe diciendo.
-
Déjeme pensarlo, apenas nos
conocemos.
-
Está bien dice el príncipe
-, sus deseos son órdenes para mí, vendré más tarde a
buscar una respuesta.
- Vamos Nina, se
viene la tormenta. La princesa no oye, se quita el vestido ajado
durante el viaje al galope, se pone otro vestido ricamente
bordado que han dejado sobre la cama para ella. Calza las chinelas diminutas.
Una doncella entra, le hace una reverencia ofreciendo su ayuda.
- Sí responde -,
entonces la ayuda a maquillarse y peinarse, luego a colocarse
espléndidos pendientes. El toque final es colocar unas gotas de
exótico
perfume detrás de sus pequeñas orejas, y en sus sienes, debe
estar deslumbrante, cuando el príncipe venga a buscar una respuesta.
- Nina, eres sorda, viene la tormenta debemos irnos.
¡Ufa! Abuela espera, están terminando el arreglo de la
princesa.
La abuela desde abajo la mira como si no la conociera
¿ De que estás hablando? ¡Apúrate!
- La princesa no está lista todavía.
La abuela no la escuchó, una trompeta anunciando su
entrada y un relámpago encendiendo las luces del salón, no le permitió oír.
- Apúrate – dijo.
Nina descendía del almendro bufando, ya en tierra se
empacó porque gruesas gotonas de lluvia desarmaban sus bucles y estropeaba su
maquillaje.
- Vamos Nina, estás tonta, ¿No ves como llueve?
-¡ No-abuela! No puedo casarme con el príncipe con mi
cabello en este estado ¿no entiendes?
Rosa Marafioti |