El dulce hogar de las
ancianas
-
Numero de
documento señora -, dijo la empleada del otro lado del mostrador-
-
Ah! No lo
recuerdo – contestó la mujer -.
-
¿Cómo que no
lo recuerda! ¡Y cómo la registro! -
Manoteando
en la cartera encontró el carnet de su obra social -, tengo esto le dijo
mostrándole -. Ella lo miró al derecho y al revés, anotó los datos y – puede
pasar -
La mujer conocía el lugar, tantas veces había andado por esos
pasillos hacía muchos años. Con cuanta angustia y dolor los había atravesado de
día y de noche, llorando presa del pánico, por lo que sucedía en su vida y
porque las figuras quijotescas de los altos cipreses que había en los parques
que rodeaban los diferentes pabellones, le provocaba pavor.
Su sombra se adelantaba, mientras ella caminaba a pasos
rápidos y esos fantasmas eran grotescos, sus piernas muy largas, su ropa volaba
cubriendo la imagen fantasmagórica ella, tenía miedo de si. Porque había que
atravesar el parque para pasar de un pabellón al otro, y eran una decena de
pabellones, de diferentes especialidades y podría decir que había andado por
todos. Allí en ese edificio, había funcionado un prestigioso hospital.
Hoy remozado, por un lado funciona un neuropsiquiatrico
juvenil de mujeres. Hay mucho parque, pero no esta cuidado como entonces. Los
pabellones restantes son un gran deposito. Sí, un gran deposito.
Despertó del asombro y del recuerdo, de un enfermero que la
perseguía y ella, una niña, por miedo a que no atendieran a la persona que
estaba internada, lo soportaba, se escabullía y también le tenía miedo, siempre
llevaba una jeringa en la mano, como en las películas de terror. La escudriñaba
lascivamente
Sí, ha cambiado mucho el aspecto del lugar. Ahora hay
sillones en los amplios pasillos, plantas de plástico y cuadros. Los enormes
ventanales que daban a los hermosos parques que rodean el edificio aún están. Ha
cambiado y mientras andaba comprobó que el lugar funciona hoy como deposito
humano de todas las edades y ambos sexo.
En el soleado hall de entrada hay varios señores mirando
televisión, los vio de espaldas. Dispersos por allí hay varios hombres, algunos
duermen la modorra de la siesta, sus cuerpos desparramados sin ninguna
compostura, con la boca abierta, un hilo de baba corre por la comisura de su
boca. Una visión nada agradable
Siguió su camino por un amplio pasillo llegando a una
capilla con bancos ubicada a la izquierda en un rincón con salida al parque,
allí, él depósito estaba más concurrido. La miraban como al sol después de la
tormenta y a la ves varias voces le preguntaron.
- ¿A quien busca señora?
Se nota que allí se ha hecho un gran esfuerzo para
mejorar, restaurar, y equipar el lugar para la finalidad que cumple. No podría
decir, sí de la mejor manera.
Al dar el nombre de la persona que buscaba, una de ellas
diligentemente se puso de pie diciendo – ¡Ah! Siéntese señora - ya voy a
buscarla.
Era un placer visitar a una venerable anciana de noventa
años totalmente lucida, a quien la unía una estrecha amistad, un parentesco,
pero más que nada admiración.
Una mujer que está allí, porque la vida, muchas veces es
tan injusta y amarga, para ciertas personas que como comúnmente se dice. Nacen
estrelladas.
Agradeció y se quedó de pie observando. El hall, es
enorme desde donde se bifurcan pasillos, hay varias puertas y mucho para
observar. Enfrente hay una amplia abertura es un baño, con varios pasamanos para
que ellas se sostengan. Van en distintas direcciones, rengas, encorvadas,
alguna muy tiesa. Allí venía una anciana, con los calzones por las rodillas,
sostenida sobre un trípode y un bastón, varias bolsas colgaban de sus manos,
como de haber hecho las compras, buscaba desesperada un celular que decía haber
perdido, porque tenía que llamar al escribano, debían darle según ella -,
treinta mil dólares –.
Otra dulce anciana respondió.
- Una patada en el traste te van a dar -. La otra nada dijo,
pero sus labios musitaron con una mueca -, esa puta -.
La mujer, no pudo menos que sonreír, mientras otra anciana
muy encorvada y la cadera caída entraba al baño con un jarro en la mano creyendo
que era el comedor. Giró a su derecha para ver a la discreta anciana que había
hablado. Le notó un avanzado Parkinson, hasta su voz temblequeaba. y varías
otras venerables estatuas que la observaban, por lo que la mujer se sintió
incomoda. Hay otra amplia puerta por donde se podía ver a varias mucamas y
enfermeras, su uniforme las delataba. Estaban tomando mate, un televisor
encendido que por su ubicación no veía, pero se podía oír. El morbo de ver y
saber que pasaba en gran hermano, las tenía absortas. Las escenas debían ser
muy eróticas, lascivas, porque ¡Ah! – Decían – carcajeando.
En otra puerta de iguales dimensiones a la anterior,
funciona un comedor dónde hay varias mesas y sillas de plástico blancas. La
temperatura es de 36 -5 y el sol entra a plomo por las ventanas abiertas,
mientras la mujer se apantallaba con el infaltable abanico pensó -¿Por qué no
les corren las cortinas?-
Varias ancianas estaban sentadas en ese ambiente de
frescor, esperando la merienda. En ese momento, un etruendoso tren venía por
el pasillo. Un joven con un carrito de acero inoxidable, traía la merienda. Las
que estaban en el pasillo, todas al unísono se levantaron para ir al comedor.
Otras aparecían por los diversos ángulos que desembocan en ese hall. Le dio la
impresión de un escenario, cuando los actores aparecen a decir su parlamento.
Deben tener tan conocido el barullo del carro.
Allí se suscitaron algunos inconvenientes. Notó que varías de
ellas estaban bien vestidas, con bisutería del año del jopo y los labios
pintados, otras no tanto, es decir, mal trazadas.
-¿No podés
esperar un rato? - Dijo una anciana sin un diente con la barbilla prominente y
ralos cabellos blancos dirigiéndose a otra robusta que quería pasar antes que
ella, con un trípode.
- Esperá vos
ché –. Fue la respuesta.
- Otra
respondió - ¿Ya empezaron?-
-¡ shh !
dijo otra -. Se miraban como gallos de riña, mientras iban ubicándose en las
mesas. La mucama vestida de verde, servía una agua verdosa y le dijo a la de
labios pintados - ¿Te sirvo con leche mi amor?
- Si
dijo ella -, con aire de estar en la confitería las “Violetas”. Se acomodaba el
collar. Un gesto al que era evidente, solo le había quedado el tic. Por el fondo
venía la anciana que había ido a buscar a la persona que la mujer quería ver.
-Ya viene
dijo – y entró al comedor. La mujer, agradeció.
Le sirvieron el agua verde, pero las facturas habían
desaparecido. Angurrientas dijo – se comieron todo -.
-
Sí no fueras
tan comedida – dijo otra - tendrías la factura.
-
Yo no soy
comedida sólo quise ser amable con la señora, y vos no sos nadie para decirme
eso -. Sofocada, la mujer se apantallaba.
-
En esos
largos minutos pudo ver con que amor se tratan entre ellas y conque deferencia.
La persona que había ido a ver, al verla de cerca la reconoció, se abrazaron.
Perdóname hija estaba descansando – le dijo -. Pero sabes
que antes de salir de la habitación tengo que cerrar el armario con candado,
porque aquí hija mía se roban todo -, están todas locas hija - dijo en vos baja.
Se sentaron en un sillón, la anciana le tomó las manos con
afecto, ella besó las suyas y preguntó por su salud. La anciana comenzó a
contarle y apareció nuevamente la que buscaba el celular.
-
Por favor,
por favor -, Dejenme ver si mi celular está debajo de ustedes y las hizo
levantar. La anfitriona digamos, le dijo -.
-
Déjate de
fastidiar che -, vos no tenés ningún celular venís a molestar cuando tengo
visitas -.
-
Vos hablas
de envidia porque no lo tenés -, contestó la otra que aún llevaba las bolsas
colgadas.
- No lo tengo y no lo necesito -, contestó la anfitriona. He
vivido noventa años sin celular y me he comunicado hasta con señas.
Las damas, salían del comedor, alguna llevaba el jarro a su
habitación, otras se apoltronaron nuevamente, sin quitarle los ojos de encima. Y
la incomodaban aparte del calor sofocante que reinaba en el ambiente.
- Decidió dar por terminada la visita, se despidió de la
anciana con un beso y desanduvo el pasillo hacía la salida. A pasos rápidos.
Se encontró con una silla de ruedas, con una señora cuyo
rostro era una mueca, por profundas quemaduras, un anciano venía de la calle
con sus pantalones mojados, otro hombre no muy mayor apareció desde el parque
con una bolsa de orina colgando por un costado y arrastrando una pierna. El
agente que estaba en la puerta acompañado por otros dos, solicito, se acercó a
la vereda para ayudar a un anciano, que debía bajar de un taxi. Lo tomo por las
axilas y reclamando una silla de ruedas para llevarlo al cuarto que comparte con
otro se esforzaba en mantenerlo en pié. La mujer en esos momentos hubiese
querido tener alas y salir de allí, volando.
Se nota allí el gran trabajo realizado, pero no alcanza, a
pesar del esfuerzo es muy grande él deposito humano, que por mas sillones
confortables que les pongan les falta a cada una, lo que fue su hogar, su
familia y toda una vida fuera de allí, donde se va, o no se va, son llevadas, a
terminar sus últimos días. Han perdido su identidad.
Con estos pensamientos y acongojada la mujer, salió casi
huyendo de la calle Warnes, tomó un taxi con lágrimas en los ojos, como muchos
años atrás cuando huía de los fantasmas.
Rosa Marafioti |