Guia de Anunciantes

Click for Buenos Aires, Argentina Forecast Histora de los Barrios

Correo de Lectores

Gotias Varias

Textos para leer y meditar

Humor en la Terraza

Naturalmente Mascotas

El cuento
del mes

Libro de Visitas

 

 

UNA CITA A CIEGAS

 

Desde ningún lugar preciso, pero envolviendo todo como una pegajosa neblina, la voz de Dionne Warwick emanaba cantando “My everlasting love” y flotaba melosa por el recinto, caracoleaba por las copas, se deslizaba por las mesas, trapaba en los espejos para, finalmente, apretujarse en la cera de los oídos de Gustavo Cipreses.

Gustavo Cipreses había llegado al lugar temprano. Pero tres horas después abrieron y pudo entrar. Con paso cansino se dirigió a la barra. Mas como los muchachos de la barra le hicieron un chiste feo, decidió ir a la barra. Ahora sí, a la otra, a la que reconoció porque había un barman detrás. Desde que su madre le retirara el pecho, le gustaba beber solo.

Hombre de mundo, inmediatamente ordenó: “Un destornillador”. Y el barman le alcanzó un destornillador flamante con el que Gustavo Cipreses ajustó un tornillo de la barra que le había enganchado la manga.

Minutos después descubrió que no podía sostener el trago en sus manos: se le filtraba por los dedos y caía sobre el pantalón. Decidió entonces pedir un vaso para contener su trago.

Gustavo Cipreses estaba nervioso. Y culpaba de esa situación a la cita a ciegas que había hecho. No es fácil hacer una cita a ciegas. No lo era ni cuando trabajaba en el Hospital de Ojos Santa Lucía y citaba a las cieguitas jóvenes y de buen cuerpo. Y aquella, además, le había costado 3 tarjetas de 50 pulsos cada una. Intentando hablar por teléfono a un amigo desde un público, su comunicación se había ligado con la de una mujer dueña de una voz que electrizó su corazón.

Se habían citado allí, en el pub “Doodly”, en la barra. Es decir, a un costado, no sobre ella. El dijo que iba a ir de negro. Ella dijo que iba a ir de blanco. A Gustavo Cipreses le fascinaban los opuestos.

Llevaba ya dos horas 33 minutos de espera cuando los murmullos, los tintineos de cubitos y copas y la música, cesaron todos a un mismo tiempo. Como el presagio de una gran tormenta, la tensión superficial cubrió el lugar. Todas las miradas convergieron en un mismo punto: la puerta de entrada. Como concebida por el iluminador de Steven Spielberg, un haz de luz blanca-azulina pareció brotar de la nada y recortó la figura de una mujer que, toda vestida de blanco, se había detenido en la puerta del lugar. Luego, lenta, felinamente, comenzó a dirigirse hacia la barra.

Dueña de un cuerpo terriblemente sensual, parecía que emitía una extraña radiación que era inmediatamente captada por los contadores Geiger de las entrepiernas de todos los hombres presentes en el bar. Su pelo negro caía en cascada por sobre los hombros y enmarcaban unos ojos despiadadamente celestes y fulgurantes. Con la gracia de una gacela correteando por un bosquecillo en una apacible tarde de verano, se sentó en un taburete cercano al de Gustavo Cipreses.

Este apenas chasqueó los dedos. De la nada apareció el barman que colocó una servilleta de papel y una copa servida delante de esta deslumbrante mujer.

Fue entonces, solo entonces, que los dos se miraron por primera vez. No fue necesaria palabra alguna. Solo los silencios hablaban a gritos. Y se entendían.

Al unísono, Gustavo Cipreses y la apabullante desconocida levantaron su copa y brindaron secretamente por el comienzo de una bella amistad.

Lentamente, el bar retornó a su ritmo habitual, teñido ahora de un color a celos y envidia que podía palparse en el aire. Triunfador habitual, Gustavo Cipreses solo se permitió el ligero desplazamiento de dos milímetros de la comisura derecha de sus labios, en un gesto que debía comprenderse como el de una sonrisa ganadora.

Con el éxito asegurado, Gustavo Cipreses asintió morosamente cuando ella le pidió la dispensa para retocarse en el toilet. Mientras ella se alejaba dejando tras de sí una estela de perfume cautivante, Gustavo Cipreses acercó la copa a sus labios sonriendo, ahora sí, sobradoramente, mientras miraba por el espejo como ella entraba en el baño de hombres.

Agregar a Favoritos

Página de Inicio

CGP 13

  

Buenos Aires Apartments

 

Nuestra página recibió esta distinción

En reconocimiento a la creatividad, integridad y excelencia en la web

 


Copyright©2001 - 2004 Claramente® - Buenos Aires - Argentina - claramente@claramente.com.ar
Reservados todos los derechos - Última actualización; viernes, 24 de junio de 2005

Clara Mente es integrante del Registro de Medios Vecinales de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires.

Optimizado para visualizar en 800x600
en Internet Explorer 5.0 ó superiores