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Camino a Santiago

    Era de noche tarde, los ojos le ardían de fijar la vista en esa serpiente negra y por las luces que venían en

Sentido contrario. Se restregó con una mano, con la otra conducía el enorme camión con acoplado cargado de cocinas.

    Había salido de Buenos Aires por la mañana y estado en ruta todo el día.  La  cabina del camión era su habitáculo, estaba atiborrada de cosas, pero lo más importante eran su fotografía de la primera comunión junto a su madre, el rosario y la de Gardel, con su sonrisa canchera  con el sombrero  ladeado, cómo lo usaba su nono, que según le contaba, había llegado de su “Cosenza” natal, en los años treinta.

- Era un capo el nono -, recordó con emoción a aquel dulce viejo.  En el asiento de a lado, había  una caja con un  termo, la yerbera,  el mate gigante, y una bolsa de papel, con las infaltables bolas de fraile, las adoraba.

En la próxima estación paro - pensó, cargo el termo, como algo y dormiré un rato.

   No le faltaba mucho para llegar a destino, estaba cerca de Santiago del Estero, que era dónde debía dejar su carga.  Los astros  estaban tan cerca que se estrellaban contra  el parabrisas, junto a las palomitas.

  Le asaltó una repentina gana de orinar, pero no quería hacerlo allí, tenía que parar y poner las balizas:

No quería perder tiempo.

  Desde que había elegido esa vida de nómade, rodando los caminos, se había  convertido en un solitario, uno más de esa raza especial: Los camioneros. Hombres solos que se entienden con sus pares con  luces y  guiños, son sus  códigos.

   Había elegido esa vida luego de romper su compromiso de matrimonio con una  dulce muchacha que era su prima hermana.   Las dos madres, eran primas y cuñadas. Llevaban ambas, viejos odios y rencores, envenenando la vida de sus hijos. Hasta que harto, dio por terminado el compromiso; y por no verla a ella, eligió: No verse  con nadie. Desde entonces, era un nómade huyendo a toda velocidad. Escapaba pero era inútil, la tenía siempre delante.

   Las luces contrarias que pasaban raudas le lastimaban los ojos, y tenía que orinar.

   Ma si – dijo – cuanto tardo en orinar.

   Miró por el espejo retrovisor, no se veían luces acercándose.

   Paró unos cuantos metros más adelante, ese monstruo necesita tiempo y espacio para detenerse, dejó las luces encendidas, la puerta abierta y bajó de un salto. Se  estiró con los brazos en alto, la negrura  del firmamento tachonado  lo hizo exclamar - ¡Qué lindo¡ - Y pensó en ella, que siempre le hablaba (delle stelle) porque ella era italiana. Él también lo era, pero lo  habían traído al país siendo un bebé

   Respiró hondo. La profundidad de la noche y el canto de los grillos eran un regalo, un sosiego. La brisa lo acarició y algo pasó en su cuerpo, como cuándo  ella lo acariciaba, sintió un nudo en la garganta, sacudió la cabeza para ahuyentar el recuerdo. Muy a lo lejos la pálida luz de  algún ranchito perdido en  ese bosque de espinillos, de tierras áridas, seco y  polvoriento, le recordó que no estaba solo en el medio de la noche.

   Se acercó al zanjón que orillaba el camino y se dispuso a orinar. Mientras lo hacia, sintió un gran alivio.

   ¡Ah!– dijo – y como cuando era un niño junto a los pibes del barrio, hizo levantar el chorro para ver hasta donde llegaba. Sonrió por su travesura y levantó la vista.

     Dos enormes ojos brillantes lo miraban-. ¿ Que era eso?

    Antes, no los había visto. Se le cortó la orina, su cuerpo se puso tenso, alerta, tratando de ver bien que era, no podía distinguir. Solo veía dos ojos brillantes que lo miraban fijo.

-    La puta, ¿qué será?

     No podía quedarse allí, giró rápido y en dos zancadas subió al camión, serró y trabó la puerta.

  No tenía miedo, estaba habituado a la soledad y a cosas extrañas que le pasaban por los caminos solitarios del país. Había oído tantas historias de apariciones, de luces malas y todo un repertorio popular. Él no era supersticioso. Será un bicho – pensó-

   Puso en marcha y levantó los ojos, por el camino contrario, no venía nadie.

Fue como un rayo, la bestia de ojos brillantes estaba delante de él: como cerrándole el paso.

    Prendió las luces altas para verlo bien. No era un perro, parecía una cabra, tenía pelaje oscuro,

 cuernos  mochos, patas cortas, la mandíbula cuadrada y una enorme boca abierta, por la que salió de pronto una llamarada. Sintió escalofríos, debía huir de allí cuanto antes. Apretó el acelerador  con toda su fuerza y mucha bronca.

    Creyó que  había matado al animal, y  se había puesto nervioso; prendió la radio.

     La voz de Gardel entonando “ Lejana tierra MIA “ le sonreía desde la foto, empezó a cantar fuerte,

Acompañándolo - ¡ qué linda canción.! -

     Los ojos brillantes nuevamente, lo obligaron a disminuir la velocidad.

-   ¿Cómo cuerno hizo  para llegar antes que yo?  ¡No me dejas pasar, eh! Ya vas a ver, te voy a reventar.

Y  pisó a fondo  diciendo soeces. Tenía esos ojos delante de él en el camino bailoteando.

- ¡Ah! Ya sé. Sos una aparición, ¿ Qué  querés? ¿Quién  sos? Déjame en paz -. Se hizo la señal de la

cruz,  los ojos desaparecieron.

Anduvo unos kilómetros,  ahora era la vos de Rivero que se lamentaba desde la radio y otra vez dos

 lo miraban burlones.

  -¿Qué carajo querés? -. Prendió las luces altas, esa cosa corría velozmente retrocediendo y los ojos  estaban delante de él, con la boca abierta por la que de a ratos largaba una llamarada –.

     Tengo que dormir  pensó -, mientras seguía conduciendo al máximo de velocidad. De no ser un camión tan alto, tan sólido, el miedo lo habría paralizado.

      Estiró la mano y acarició  el rosario de la  comunión, pasó la mano  por la estampa de la Virgen De Luján. Se sentía muy cansado. Los ojos habían desaparecido.

    Trató de relajarse, pero surgieron nítidos en su memoria las historias fantásticas  que el nono le contaba, cuando él era un niño recién llegado de Italia, cosas que le habían pasado por los caminos solitarios del norte Argentino, durmiendo en cualquier parte para que nadie lo reconociera, porque no debían reconocerlo. Había llegado a la provincia de Salta, a  una  ranchería donde vivía una comunidad de indios.

    Lo habían aceptado sin hacer preguntas, se quedó a vivir con ellos varios años. Tantas historias fantásticas  contaba  el nono, pero le aseguraba que siempre llevaba un rosario colgado del cuello, lo apretaba fuerte cada ves que algo dudoso se le aparecían en el camino. Una  ves, le había contado que  una noche  caminando entre Santiago y Tucumán, se había largado una tormenta como pocas veces había visto en su vida y de pronto con la luz de un relámpago como un incendio, una bestia que a el le parecía un cerdo enorme, daba tumbos delante suyo y no lo dejaba pasar, él muerto de miedo rosario en mano, invocaba a la Virgen,  hasta que la bestia  desapareció.

    El termo estaba vacío, no podía tomar mate, los ojos volvieron a aparecer. Entonces sin pensarlo más,

abrió la guantera, tomó la  enorme linterna, la pistola, una vieja “ Beretta “ que se la había regalado el nono y se dispuso a parar - diciendo - si no sos una aparición, te voy a matar-.

    Los ojos no estaban. Se quedó  expectante  unos segundos, mientras el enorme camión se detenía bufando.

Luego, con el camión detenido, esperó tenso, con todos los sentidos en alerta.

-  Estará abajo -.Pensó-

  Bajó de un salto, prendió la linterna, dejó la puerta  abierta, y agazapado pistola en mano muy despacio comenzó a rodear el camión. Y al instante pensó – ¿Y si se mete dentro? -

   Pero siguió con la idea. Siempre de espaldas al camión alumbrándose, al llegar a la parte posterior con un rápido movimiento alumbró debajo del camión, no había nada. Y para colmo no se divisaban luces de ambos lados, parecía que el mundo se había detenido, siguió la vuelta por el otro lado poseído por el pánico. En el frente, se irguió rápidamente, sentía un sudor frío en su cuerpo, pero estaba alerta para un posible ataque. Fue como un rayo; el maldito apareció de improviso, mostrándole los colmillos y de pronto salió de su boca una llamarada que lo aterró.

   La pistola en su mano derecha  temblaba. Pero la descargó con furia  sobre esos ojos que lo estaban volviendo  loco. Desaparecían y volvían, de pronto aparecía entero largando por su boca llamaradas.

    El pánico lo poseyó, de un salto  subió al camión, cerró,  trabó la puerta.

   Los ojos seguían mirándolo y mientras un liquido caliente bajaba entre sus piernas, se puso a llorar.

Rosa Marafioti

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